El Pirata @PirataEcdqemsd | 28 de Agosto de 2026 | ECDQEMSD Podcast
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Bienvenidos a las noticias del mundo y a la enfermiza pasión de los dictadores por borrar la historia para adaptarla a sus deseos.
Sabido es desde tiempos de las cortes del siglo XVII que los artistas dependían en muchos sentidos del mecenas. El conde, la duquesa, el rey, el emperador, al que su trabajo le parecía digno.
No hubiera habido Mozart ni Miguel Ángel sin cortes que avalen, sin reyes o papas que levantaran pulgares.
Herencia de historiadores autorizados por el Cesar o arquitectos favoritos desde los faraones del bajo Nilo, Kublai Kan, la dinastía Ming o el Inca Pachacútec hasta llegar a los consentidos de Carlos V, Napoleón o Porfirio Díaz.
La política siempre fue un lugar cálido al cual acercarse. Así, en el tiempo brillaron talentosos artistas. Figuras que por identificarse con un gobierno se aseguraban el lienzo, el libro, el escenario o la cámara.
Y el riesgo evidente: lo que llega con el rey se va con el rey.
Así, podemos enlistar casos de músicos, muralistas, escritores, estrellas que cayeron del cielo una vez caído el mecenazgo opaco del partido, del líder o de la dinastía.
Y en las dictaduras la cosa se hacía más escandalosa. Lista de favoritos, lista de prohibidos, lista de evitables, lista de omnipresentes, y en el desarrollo dictatorial, lista de sugeridos y lista de perseguidos.
A las dictaduras, blandas, duras, partidarias, personalistas, militares, cívico-militares, de etnias, religiosas o disfrazadas de populares, les gusta reconfigurar la historia.
No en un afán de revisionismo histórico tan necesario para conocer la realidad de los sucesos que construyen las identidades nacionales, sino para que la historia los bendiga.
Batallas perdidas borradas de libros. Personajes importantes llevados a formar parte del decorado. Eventos vitales absorbidos por un hoyo negro, un agujero de gusano con apoyo gubernamental.
Algunos que se sienten confiados desean tanto una historia que se acomode a sus deseos que cambian el nombre de un país, la bandera, la carta magna y hasta las verdades anteriormente irrefutables.
Enrique el número ocho cambió a todo un país de religión, un cabo de origen austriaco adoraba las melodías de Wagner, un cubano elegía bailar un son con Moscú antes que con Washington, Napoleón le sigue dando trabajo a mil biógrafos.
En mayor o menor medida, dentro de sus posibilidades, todo gobernante quiere dejar su huella. Es una cuestión de ego, la única cuestión que explica porque se postulan a comandar países arruinados, sociedades violentamente devastadas; administradores de ruinas morales y riquezas exiguas.
Así, como esta semana Donald Trump nos recordó su afición a cambiar nombres de accidentes geográficos.
Así, como las primeras medidas de un cambio de partido al mando se traducen en cambio en el nombre de ministerios, secretarías, y demás reacomodos para el bienestar de quienes se sienten refundadores, restauradores, reordenadores.
De los mil millones de ejemplos de todo esto, está semana Chile nos regaló una noticia fabulosa y esperanzadora.
Quizá puedan reescribir la historia, borrar legados, tapar obras, desaparecer gente. Pero quizá, la verdad aflora, porque al igual que las ideas no se matan, hay cosas que no se pueden tapar.
El día que la tropa entró a la Moneda para decirle a Salvador Allende lo que ya sabía, que su estadía en el sillón presidencial había terminado, comenzaba una etapa de borrado de la historia.
De la historia que tenía que ver con lo que Allende representaba y que debía desaparecer, como en Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia, Perú, Paraguay, todo el Plan Cóndor, para justificar lo que vendría.
Borrado sin el menor titubeo. Como si muchos no siguieran escuchando a Víctor Jara o a Violeta Parra. Como si las ganas de ver una película o leer un libro prohibido pudieran moldearse a punta de torturas.
El acto en sí de la prohibición, el borrado, la desaparición, solo incrementaba la curiosidad de las personas que recibían la información. Está prohibido por el Gran Hermano. Entonces necesito verlo, escucharlo, leerlo.
Como un mural, que quizá por falta de mantenimiento, por desidia, o por falta de interés, quizá, hubiera desvanecido sus colores y se hubiera perdido en el tiempo.
Los socios de Pinochet salieron a la orden a borrar todo vestigio del pasado reciente.
Esta semana, desde las profundidades, volvió a emerger el mural de la municipalidad de Chillán.
Una obra de Julio Escámez borrado por la dictadura de Augusto Pinochet en 1973.
Ocupa el salón de honor municipal y debieron quitarle de encima 12 capas de pintura blanca.
La restauración comenzó en 2021, porque alguien lo recordaba, alguien sabía, había una foto, estaba ahí, donde ahora hay una pared blanca.
La historia no había podido ser borrada del todo. Solo tocaba orar para que en su brutalidad se les pasará por alto arruinarlo y no solo cubrirlo.
A finales de 2027 la obra estará totalmente recuperada, paradójicamente bajo un gobierno que reivindica a los señores de la brocha blanca que salían a cubrir murales.
La obra se creía destruida, como borrada la historia, como borrado el nombre del maestro Escámez.
Milímetro a milímetro. Día con día. Para que vuelva a aflorar el arte que le llevó dos años de trabajo al artista y que llevó de cinco a diez minutos a los brutales censuradores cubrir con un uniforme latex blanco. Más de 10 veces, por si se le ocurría salir a flote un día de luna llena socialista como en Cementerio de Animales.
Una vida corta, inaugurado en 1972, tapado en 1973. Olvidado por décadas.
La historia no siempre se puede borrar.
42 metros cuadrados. Titulado Comienzo y fin, representaba el triunfo del pueblo sobre la opresión.
Condenado a durar poco o a ser para siempre.
Pinochet ordenó su destrucción y Escámez fue forzado al exilio en Costa Rica.
Los protagonistas de la historia ya no tienen el poder que alguna vez tuvieron. La historia que se intentó reescribir a fuerza de violencia y negación terminó resistiendo. Y lo que quedará es el arte.
Más allá del tiempo, el debate, la gloria, la desaparición y su resurrección.
El arte.
Damas y caballeros: bienvenidos al Kaos Total!!!




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