Hanto, el caballo de Aquiles, le advirtió al mítico e invulnerable
héroe que de seguir su guerra con los troyanos moriría. Aquiles haciendo
alarde de sus condiciones, se mofó de su corcel y prosiguió la guerra. A
los pocos días recibió en su talón un flechazo que fue letal...
Corría el año 1975 y a René Houseman le decían "El Hueso", un apodo poco
original puesto que con sólo ver su físico desgarbado, sus piernas tan
delgadas que parecían quebrarse al menor roce, se caía de maduro la
procedencia de ese "sobre nombre".
El Hueso era por entonces un joven que rondaba los 20 años, que
encontraba en el fútbol y en "su" Huracán un lugar para escaparle por un
rato a una realidad que lo rodeaba de pobreza y lo condenaba a vivir en
una villa (barrio marginal) del Bajo Belgrano. Pese a que la pobreza fue
dura en su niñez, René nunca renegó de su condición de "villero" e hizo
de esa situación un estandarte, que lo proclamaba con un orgullo digno
de imitar.
Un wing en el tejado
A René le encantaba el fútbol, pero odiaba el profesionalismo puesto
que, si bien le daba una rentabilidad aceptable, lo obligaba a
concentrar desde el viernes a la noche para jugar recién un domingo.
Eran más que comentadas sus corridas por los techos para escaparse un
rato las tardes de los sábados para jugar los "picados" por dinero que
se jugaban en la cancha de su barrio.
Ese sábado se escapó como tantos otros pero no para jugar, sino para ir
a un cumpleaños. Y en medio de la fiesta el alcohol se le presentó como
una tentación irresistible. Tan irresistible que lo que comenzó como una
diversión terminaría siendo, con el tiempo, el vicio que lo llevó a la
ruina.
Pasado de copas el Hueso recordó, al mirar el reloj, que el partido de
ese domingo ante
River Plate era de mañana y no a media tarde como
acostumbra hacerse en la Argentina. René salió corriendo de la fiesta y
llegó "como pudo" a la concentración. No podía sostenerse en pie, sus
compañeros se esforzaron por esconderlo de la vista del cuerpo técnico y
una vez en la habitación le propiciaron una extensa sesión de duchas
frías y una astronómica dosis de café en pos de su recuperación. O algo
parecido.
Enterró "el Hueso". Nació "El Loco".
Llegó la hora, ese domingo 22 de junio se jugaba la 27º fecha del
nacional ´75, el campeonato que a la postre se llevaría
River Plate y
que le serviría al club "millonario" para cortar una sequía de 18 años.
El Palacio Tomás A. Ducó (estadio del
C.A. Huracán) no presentaba un
lleno total en sus tribunas, quizás influyó mucho que ese día se
"estrenaba" el aumento en el precio de la entrada popular. Sólo hubo,
según registros de la época, 36.242 espectadores. Testigos, sin saberlo
aún, de un hecho que quedará para siempre en los anales del fútbol
argentino.
Como de costumbre con el "7" en la espalda, René Houseman, por
disposición de su DT el brasileño Delém, salió a defender los colores de
Huracán. La actuación del "Hueso" no fue descollante, sino todo lo
contrario, no recuperado aún de su borrachera más bien deambulaba por
ese carril derecho del ataque lugar dónde pergeñaba sus más exóticos
malabares con la pelota como aliada incondicional.
El partido moría y el 0-0 estaba casi sellado. Casi..., por que René se
despertó, capturo un pase de Larrosa, encaró en diagonal, la tiro larga
entre los dos centrales contrarios y ante la salida del arquero rival la
cruzó al otro palo. Goooool, golazo. Y pese a que tres minutos más tarde
River empataría y el 1-1 pasaría intrascendente. Esa tarde sería
recordada como el día en que René convirtió un gol estando, aún,
borracho.
Con el tiempo y con el reconocimiento por parte del protagonista de su
estado etílico, "El Pato" Fillol arquero que lo sufrió aquella tarde
declaró: "Me parece terrorífico que eso haya pasado. No habla bien de
Houseman ni del cuerpo técnico."
"Los animales a veces hablan, aunque nadie les lleva el apunte". Tanto
Aquiles en aquella historia, como Delém esa tarde, son claros ejemplos
de ello. Por suerte.