"Eran otros tiempos, era otra la historia, no había medallas solo
hambre de gloria..."
El estribillo del "himno" que una empresa diseñó para la
selección
Argentina previo al Mundial ´02, pinta de cuerpo entero la situación del
fútbol argento a fines de la década del ´40.
Era el domingo 20 de junio de 1948, época en que la gente asistía a los
estadios vestidos de traje y con chambergo por que "ir a la cancha" era
todo un acontecimiento, tan importante como ir al cine o al teatro, por
que aún se privilegiaba el espectáculo por sobre la pasión. Con ese
escenario de respeto, cordialidad y pasión característicos en la mayoría
de los países de América latina se encontraron los tres escoceses que
descendieron ese día en el Puerto de Buenos Aires con la valija llena de
goles (al menos así los vendieron).
Empezaron con el pie izquierdo.
Recién llegados fueron a la Bombonera de La Boca, para ver el encuentro
entre el local y su futuro equipo:
Newell´s Old Boys de rosario.
Fue triunfo por 1-0 de sus ahora compañeros y posterior encuentro en el
vestuario para compartir con el plantel el viaje de regreso a Rosario.
Los escoceses no sabían nada de español, ni de modales. Por que pese a
no poder expresarse por medio de la palabra si lo hicieron por gestos y
se encargaron de hacerle entender a sus compañeros que ellos eran
mejores. Los argentinos sólo atinaron a reírse aunque ya tenían algo
bien claro: la relación con los extranjeros se había roto antes de
empezar.
El primer entrenamiento se dio el lunes posterior al viaje. Y los
escoceses llegaron a la práctica acompañados por los dirigentes para la
presentación formal al plantel. Allí estaban entonces, William
Kilpatrick un "8" de eterna sonrisa, Donald McDonald un "9"
recio y de mirada dura y Stewart McCallum un "11" apático.
Presentado los tres refuerzos, y superada la primera práctica el cuerpo
técnico organizó un asado "de camaradería" para integrar más rápido a
los extranjeros. Pero el incidente del día anterior en el tren estaba
fresco aún en la memoria de los jugadores y, encabezados por el
habilidoso capitán Arturo Buján, los rosarinos se la pasaron
insultando en la cara a los escoceses que se reían al ver que el resto
del plantel hacía lo mismo sin entender el por qué.
El gran debut
Una vez conocida la cifra de la inversión que NOB hizo para traer a
estos escoceses, $ 26.698, 18 entre el pase y el pasaje, la expectativa
fue enorme. Tanto que el miércoles, día en el que el plantel realizaba
la práctica de fútbol la gente se acerco hasta el estadio para observar
el entrenamiento.
La expectativa de afuera no se correspondía con la de adentro, puesto
que la delgadez de sus piernas, la extraña manera de atarse los botines,
la curiosa pose al correr y la incapacidad para parar una pelota
denotaban claramente que estos escoceses jamás habían estado en un
partido oficial. Partido oficial que llegó el domingo 27 de junio, en el
estadio del Parque Independencia NOB recibía a
Gimnasia y Esgrima de La
Plata y entre sus cinco delanteros se presentaban los tres refuerzos.
Arturo Buján era el "10" y dueño del equipo, Raúl Contini el "7"
inseparable y los escoceses... por ahí andaban, deambulando por la
cancha. Tanto Contini como Buján los buscaron permanentemente en los
primeros minutos pero lo de estos muchachos era irrecuperable, entonces
la "dupla local" del ataque rosarino hizo un pacto de silencio y
decidieron jugar entre ellos. Ante la falta de pases y la
"imposibilidad" técnica para recuperar el balón no tardaron en bajar los
insultos para los escoceses. Pero la suerte no acompañó a Newell´s y
Contini sufrió una rotura de ligamentos (siguió jugando puesto que en
esa época no se permitían cambios), y el ataque rosarino se limitó a lo
que podía hacer Buján. Entonces "el Loco", así se conocía al "10",
amagaba pasarle la pelota a un escoses, gambeteaba y pasaba. Así llego
el gol, que sólo sirvió para el descuento, por que ese día Newell´s
perdió 2-1.
Por supuesto fue debut y despedida para los escoceses. McDonald y
Kilpatrick dejaron inmediatamente el plantel y fueron deportados a
Escocia un mes más tarde. McCallum jugó dos partidos más y "huyo" a su
patria en medio de la huelga de futbolistas de octubre de ese año. Su
partida marcó un hito en el fútbol argentino puesto que desde que
McCallum embarcó de regreso a Escocia, ningún compatriota volvió a
vestir una camiseta del fútbol argentino.
Una vez el Gral Perón dijo "El límite entre lo sublime y el ridículo
es un paso. Lo sublime es no darlo". Lástima que el consejo les
llegó tarde a los escoceses.