Siempre sintió orgullo de su raza. Nunca se sintió
uno de “ellos”, pero para triunfar tuvo que unírseles.
Un garoto muy particular
Por alguna "rua" del San Pablo desértico
del 1900, corre el pequeño Fred, un mulato de apenas 8 años que
deslumbra no solo con el verde de su mirada que destella entre su piel
oscura, sino también por lo que hace con un balón en sus pies.
Arthur Friedenreich nació en 1892, un año después
de que se aboliera la esclavitud en Brasil, en San Pablo.
Era hijo de un inmigrante alemán dedicado al comercio y de una lavandera
negra hija de esclavos. Fred, como le llamaban, era un niño con un muy
buen pasar y su poca devoción por los estudios hizo que su padre lo
apoyará en lo que realmente sentía: jugar fútbol. Fue así como a
los 17 años debutó en el Germania (club de la colonia alemana y la alta
sociedad paulista), para pasar luego al Ipiranga y más tarde al
Paulistano. Con apenas 23 años Fred ya brillaba en uno de los clubes más
importantes del futebol paulista de esa época, según los
entendidos la selección era un paso inevitable.
La dictadura blanca
A comienzos de 1919 asumió la presidencia de la
república Epitafio da Silva Pesoa, cuya primera medida fue tan
aborrecible como festejada por el sector más pacato de la “high society”.
A partir de ese momento estaba prohibido que cualquier persona de color
negro integrase alguna selección nacional. Esta determinación la tomo,
según adujo, por miedo a que durante la disputa del Campeonato
Sudamericano que Brasil organizaba ese año tilden a su pueblo de
“macaquitos” (monitos).
Manos a la obra…
Rio de Janeiro, primer fecha del
Sudamericano, en el vestuario local un jugador peina con tanto
esmero como brillantina su pelo mota. Lo estira con tantas ganas que
consigue un alisado perfecto. Ahora abre una pequeña caja, hunde sus
manos en el blanquísimo polvo blanco y se lo esparce por la cara, los
brazos, las piernas… por todos los lugares donde la ropa no lo cubra.
Consumada su obra, abre los ojos delante del espejo y zas! efecto
conseguido. Por arte de magia, en realidad gracias al polvo de arroz que
había en esa cajita, Fred es blanco. Fred puede jugar para Brasil.
Su debut con la verde amarelha no pudo ser mejor, convirtió tres goles
en el 6-0 de su selección a Chile. Luego hizo dos en el 3-2 de Brasil a
Argentina y uno en el empate 2-2 del scratch ante Uruguay. Este
resultado llevó el partido a dos tiempos extras de 30 minutos. Y luego
de casi tres horas de juego y cuando el tiempo ya expiraba Fred conectó
una bolea desde fuera del área, que se clavó en el fondo de la red
uruguaya y de los anales del fútbol sudamericano. Fred lo había logrado,
gracias a sus goles Brasil había conseguido su primer título
internacional, logro que revalidaría en 1922.
El Tigre, como se lo conoció después de ese
torneo, arrastra la tan imbatible como incomprobable marca de 1.329
goles en 1.239 partidos,. Jugo hasta casi los cuarenta años y luego del
retiro consiguió un empleo como inspector de ventas de la Compañía
Antártica Paulista. Fred murió en la miseria a los 77 años. Para ese
entonces, 1969, un nuevo crack negro destellaba con la verde amarelha,
Pelé.
Sin que nadie en su época lo haya sabido Fred fue
el primer eslabón de una cadena de “ídolos negros” que vistieron la
casaca brasileña. A fuerza de goles pudo gritar hasta derrotar la
barrera del racismo que tanto aborrecía…